jueves, 8 de mayo de 2014

El niño ciego que me enseñó a esquiar

Desde que era pequeña sabía que quería estudiar Ciencias de la Actividad Física y del Deporte; lo que no supe hasta que no estuve estudiando un año de la carrera en República Checa era que mi verdadera vocación era trabajar con niños con alguna discapacidad.

De esto me di cuenta cuando fui a un curso de Esquí adaptado. La duración era de cinco días y en éste trabajaríamos con personas con discapacidad física con el monoskí y niños con deficiencia visual y auditiva mediante diversos métodos.

En especial fue un niño checo, Tomásku, quien más abrió mi corazón hacia este colectivo.

Fui al campamento de esquí sin haber esquiado nunca, incluso hacía unos días que había visto la nieve por primera vez. Allí, a pesar de mi torpeza con la nieve y de una lesión de la que no me había recuperado por completo, me asignaron a un encantador niño de 8 años del que sólo me dijeron que era ciego total. Al principio el niño pedía estar con su anterior monitora, pero en poco tiempo comencé a animarme y a chapurrear las cuatro palabras en checo que había aprendido y comenzamos a comunicarnos bastante bien. Subíamos juntos en el cable esquí, bajábamos de la mano y aprendimos juntos a esquiar. Tomásku era muy valiente, y lo hacía genial; en cuanto a mí, tenía muy claro que ese niño no se me iba a caer durante la bajada, o por lo menos por mi culpa. ¡Vlava, bravo, ruka! (izquierda, derecha, mano) Tres palabras eran las que nos permitían coordinarnos en la bajada para saber el lado hacia el cual girar y cuándo soltarnos o cogernos de la mano. Repitiendo esto una y otra vez y animándonos a hacer con los esquís cosas cada vez más complejas, fui perdiendo el miedo y cogiendo mayor fluidez con este deporte totalmente nuevo para mí.

A Tomásku le expliqué cómo eran sus esquís, tenían un feroz tigre blanco dibujado en ellos. Le encantó saberlo. A partir de ese momento le comencé a llamar “Tiger”. Mientras él subía en el cable esquí yo le gritaba ¡Tiger! y él me gritaba en checo “Hola Evita, ¿cómo estás? Nos vemos arribaaaa”. Todos los profesores y demás alumnos se sorprendían de ver lo bien que nos habíamos llevado ese niño y yo en tan pocas horas. Le preguntaba a sus padres todo el rato “ ¿Está Evita aquí conmigo?” Me pedía hacerse vídeos y fotos jugando conmigo en los ratos libres para enseñárselos luego a sus amigos y trataba de contarme cosas sobre su vida en general, aunque difícilmente yo le comprendía.

Dos niños con problemas auditivos también me cogieron mucho cariño, igual que yo a ellos. Niños de 6 años que me ofrecían sus chucherías, me daban besitos en la mejilla y fortísimos abrazos. Siempre se sentaban a mi lado y nos comunicábamos a la perfección, puesto que ellos estaban acostumbrados a hablar por señas.


Miles de anécdotas más podría contar sobre estos maravillosos niños, pero me limitaré a pensar cómo unos pequeños niños con los que no compartía ni si quiera el idioma influyeran tanto en mi futuro profesional y me enseñasen en cinco días cosas que yo sola no habría sido capaz de darme cuenta en toda una vida.


4 comentarios:

  1. La verdad es que trabajar con este colectivo es lo más gratificante que hay. Piensas que vas a enseñarles tú, pero son ellos quienes te enseñan. Las ganas de aprender, el cariño, la gratitud... es impresionante. Yo tuve la suerte de participar en una serie de sesiones de remo adaptado para personas con discapacidad intelectual y es una de las mejores experiencias que he podido experimentar durante la carrera.

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  2. Que historia más bonita Eva! Me has dejado de piedra! Las personas con discapacidad nos enseñan a vivir la vida sin darle tanta importancia a los pequeños problemas que nos pueden surgir! ;)

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  3. Que bonito Eva! Me encantan todas tus historias...siempre hay muchísimo de lo que aprender.

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  4. Es una bonita experiencia la que viviste en tu beca Erasmus y que te sirvió para muchas cosas; pero lo más maravilloso es que leyendo este artículo también tu beca Erasmus le sirvió a niños y niñas con discapacidades.

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